Mis amigos hacen fan-arts

Un fanart es una obra creada por fans. O sea que los dibujos que hacíamos de Mazinger Z o de Robotech en las páginas finales del cuaderno de mates eran los fanarts más honestos que hicimos jamás. No buscábamos ni fama ni fortuna, no; nuestro único propósito era sentirnos más cerca de los personajes que amábamos. Jamás pensamos que esos dibujos causarían la admiración de nuestros compañeros de colegio o que a la larga se conviertirían en una forma de poner el pan en la mesa.

A todos nos gustaría tener a nuestros héroes cerca. Para eso también leemos comics, vemos películas o escuchamos música. Los posters favoritos de mi habitación eran los de Iron Maiden, ilustrados por Derek Riggs; luego me fascinó el trabajo de Michael Whelan para Sepultura y Obituary; y aunque no era seguidor de esas bandas compraba los posters oficiales, era lo más cercano a la ilustración original. Luego alguien me prestó una copia en VHS de Akira y hasta hoy sigo recolectando las piezas de esa obra de arte: película, posters, cómics, libros de producción, pin-ups, camisetas, y otra cantidad inmensa de productos derivados de la obra de Katsuhiro Otomo. Y es que los fans queremos estar cerca de nuestros ídolos.

La  sobrecarga de productos para fans, merchandising que le llaman, es la respuesta a una necesidad amplia y creciente. Mi amigo Carlos Sánchez Montoya (El Animal) mantiene la colección más grande de Star Wars en el país, y sé que hay otro que le sigue muy de cerca. Y es que Carlos además construye maquetas y monta las escenas de las películas. Esos son fanarts ¿no?

En una pared de la habitación de mi sobrino colgaba Glamdring, la espada élfica de Gandalf, y en el estante descansaban las ediciones de colección de las películas de Peter Jackson y los varios libros de J.R.R. Tolkien. Hace poco conocí la habitación del hijo de unos amigos, es una reproducción muy buena del cuarto de Harry Potter en Hogwarts, también tiene los uniformes de clase y de quiditch, la escoba y los lentes, además de los posters, y por supuesto las películas y los libros.

Yo también siento que el fanatismo conduce al exceso. Mucho merchandising y productos derivados. Pero finalmente lo causa una obra de arte, un músico o una banda, una película o un libro, un equipo de fútbol o un cómic y eso no puede ser tan malo.

A mí también me gustaría que alguno de mis trabajos (o algunos) generaran otros productos, y que mi obra llegue a muchas más personas gracias a eso. En una sociedad respetuosa de la ley y del trabajo intelectual, esas derivaciones están protegidas por el derecho de autor y le generan regalías al creador. Eso provoca que los autores se sientan tranquilos para crear y publicar, y les da la seguridad económica para hacerlo a tiempo completo. No siempre fue así, por ejemplo Jerry Siegel y Joe Shuster pelearon durante décadas para que sus derechos como creadores de Superman se reconocieran. Por otra parte, Stan Lee, creador de muchos personajes de la editorial Marvel, supo negociar hábilmente sus derechos como autor, llegando incluso a ostentar la propiedad y la capacidad de decisión sobre el uso de varios de ellos. En cada película financiada por Marvel Studios van a encontrar un personaje fugaz pero interesante, un viejo más gringo que el KFC, de bigote grueso y lentes oscuros, con una gran sonrisa dibujada en la cara, ese es el viejo Stan, ejerciendo su derecho de autoría.

Entre mis amigos ilustradores prevalece el gusto por los superhéroes. No es una sorpresa, porque la ilustración aplicada a ese género es la más difundida, y el más rentable de sus productos es otro hijo de Stan, el amistoso Hombre-Araña. Existen miles de productos con inspiración en el cómic de Spiderman y muchos de ellos no van dirigidos solo al público infantil. Para darnos una idea del alcance de este producto, el sitio web The-Numbers detalla la recaudación total de la taquilla de las últimas cinco películas del arácnido y dan la pelusilla total de 4 mil quinientos millones de dólares en recaudación. Nada mal para Viejo Stan y sus amigos de Marvel.       

Además los fanarts se han convertido en una buena estrategia de autopromoción. Hay muy buenos dibujantes e ilustradores en todas las latitudes del planeta y con el acceso a portafolios en línea, blogs y redes sociales, la necesidad de dar a conocer su trabajo está al alcance de un clic. ¿Pero cómo diferenciarse del océano de dibujantes que encuentras en toda la web? Todo el mundo puede decidir a primera vista si algo le gusta o no, pero no se puede definir la capacidad de un artista hasta que los especialistas lo validan o hasta que los vemos resolver un fanart.

“Aprendimos a hacer cine copiando a nuestros directores favoritos…” decía Almodóvar en una entrevista. Así aprendemos también los ilustradores, primero copiando y luego interpretando. Si logras reproducir con exactitud la ilustración de uno de tus héroes, realmente no has logrado nada más que entender la técnica; cualquiera puede descargarse una imagen, pasarle unos filtros y lograr algo parecido. Pero cuando tomas la obra de otra persona y le infundes personalidad, cuando logras que el personaje hable por ti y diga algo interesante, cuando la gente lo ve y piensa “no lo habría imaginado así jamás, pero me gusta”, cuando te llama el autor y no es para demandarte si no para decirte que ‘le ha gustado tu interpretación’, entonces estás al nivel de los fanarts que hacen mis amigos.

 

 

 

 

 


Comentarios
1 comentario a “Mis amigos hacen fan-arts”
  1. Diego Ponce dice:

    Excelente artículo. Me trajo bastantes recuerdos de mi niñez, mi colección de comics y mi fascinación por el anime. No lo voy a negar nunca, mi favorito siempre fue Saint Seiya (Caballeros del Zodiaco) que se caracterizaba porque cada personaje tenía su personalidad bien definida, su historia, sus poderes tenían un soporte teórico mitológico impresionante, se aprendía incluso de ciencia al saber sobre la velocidad de la luz, el cero absoluto, presión magnética... y las exageraciones de un cuerpo humano que tenía sangre infinita. Mucho para un niño de esta época.

    De esta serie salieron muchísimos fan arts, incluso spin offs como Saint Seiya The Lost Canvas o Saint Seiya Omega, incluso la nueva película Saint Seiya Leyend Of Sanctuary. Son historias completamente diferentes a la original, pero siempre mantienen la escencia de los personajes, sobre todo el caballero de Pegaso, quien nunca se rinde por más dura que sea la batalla.

    Los dibujos no son los únicos que nos inspiran, sino también sus personalidades y sus poderes. Recuerdo que de pequeño hice un pequeño cómic muy infantil y dibujado con la motricidad de niño que tenía, el Conejo Espacial y Ganusito Terrestre, que nacieron porque en alguna ocación me dijeron que deje de dibujar tanto a las tortugas ninja y haga algo original. El caso es que la historia fue un compilado de historias entre Dragon Ball, un videojuego llamado Lufia, Maxbot, Digimon y Slayers... Me divertí mucho haciéndolo.

    Los héroes, villanos y antihéroes marcaron nuestra infancia y nuestra vida, porque los admiramos hasta el día de hoy.

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